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06/02/2015
BLOG (NO SÓLO) DE DERECHO
Corría la década de los 80 y también la de los 90,  cuando los universitarios de este país acumulaban para el estudio toneladas no  - pero  kilos sí- de apuntes. Por aquellas fechas, la universidad era (o por lo menos parecía) una burbuja. Estaba al margen del mundo, y creo que del mercado también. Sin embargo, fuera, en la calle, empezaba de forma tímida a despuntar el fenómeno de la “globalización”.

En realidad, a todo el fenómeno globalizador le pusimos nombre después. Es ahora cuando sabemos que se inició en los 80, y tuvieron mucho que ver en ello la implantación y desarrollo de las nuevas tecnologías. La aparición de internet en nuestras vidas, supuso una revolución, y cambió para siempre  el mundo.

Por aquella época el aprendizaje (que parecía únicamente) memorístico, conseguía –o al menos, pretendía- que asimilaras la estructura, el funcionamiento y la finalidad de las instituciones o figuras jurídicas y su integración en un sistema. Al lograr esto, salías al mundo laboral, y aunque no tuvieras la visión práctica de haberte manejado con una sentencia, o haber hecho un alegato en un juicio,  el aprendizaje posterior era coser y cantar. Porque sucedía como a los buenos jugadores de cartas, que habías aprendido a mover las cartas con los ojos cerrados, y eso te permitía aplicar todos tus sentidos a todo lo demás: estrategia, análisis crítico, etc. etc…(Por cierto, ¿no se refieren a esto las teorías modernas de la educación y aprendizaje? )

Por eso es probable que las nuevas tecnologías, Internet, y concretamente el buscador “Google”, hayan puesto un interrogante sobre el valor actual del aprendizaje memorístico. Pero tan cierto es que, el valor del aprendizaje memorístico baja enteros, como que los profesionales jurídicos no han forjado sus conocimientos y habilidades en la mera memoria. Es la historia (mentirosa) del papagayo.

Sólo el buen profesional (con Google o sin él) juega a las cartas con los ojos cerrados, porque las conoce bien y al dedillo. Pero eso lleva toda una vida, y la universidad sólo es el primer paso. El brillante Charles Chaplin lo definió con maestría cuando dijo que todos somos aficionados, porque la vida es corta, y no da para más. Así que, no caigamos en la falsa idea de que con Google y la paciencia de dos tardes, se aprenderá Derecho. Al revés, la creciente complejidad del mundo es probable que traiga más exigencia y especialización a las profesiones jurídicas. 

Para terminar y volviendo al post del otro día, y al anuncio de nuevos planes universitarios, si llegan, que vengan acertados.

Que sirvan para que los futuros profesionales del Derecho aprendan a jugar sus cartas (profesionales) con los ojos cerrados.

Que traigan aulas - reales o virtuales- dinámicas, conectadas con las exigencias del mundo y su evolución. 

Aulas en las que el talento no pase nunca, por ningún motivo, desapercibido
.

Aulas, que sean centro de talento y esfuerzo.

Aulas en las que la menor capacidad económica no sea nunca impedimento para tomar en ellas asiento. 

Hasta el próximo día. ( Y la foto, tan  propia de estos días). 
EL PAPAGAYO JURÍDICO (2ªPARTE)
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