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18/12/2017
BLOG (NO SOLO) DE DERECHO
                        "Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. (El Gatopardo. G.T. di Lampedusa)


El mortecino y frío sol de diciembre acentúa la sombra que se proyecta sobre la estatua en recuerdo del abogado y político compostelano, Eugenio Montero Ríos. Todo personaje controvertido refleja  severos contrastes. 

También como una metáfora visual de los hitos fundamentales del siglo XIX a pocos metros de allí, se alza la casa en la que nació el canónigo Antonio López Ferreiro. Y una no puede dejar de ver en esa línea imaginaria que los une y separa, una representación de la resistencia que la Iglesia ejerció contra la instauración de la legislación liberal que con suma habilidad promovió Montero Ríos, y que supuso el derrocamiento del juego de fuerzas y poder  propio del Antiguo Régimen.


A este lado de la calle, en el interior de los muros de esta casa de apariencia sólida y austera, vino al mundo López Ferreiro. Al leer retazos biográficos del historiador y canónigo, llaman la atención su constancia y abrumadora capacidad de trabajo, su prodigiosa memoria y su erudición. En una fría noche de enero de 1879, y tras días de excavaciones en la catedral compostelana, el canónigo encontró los restos del Apóstol, que había escondido siglos antes el arzobispo San Clemente. Supuso el renacer de la peregrinación a Compostela.

Como no cambio este silencio apenas truncado por el tránsito lento de unos pocos coches o las risas apagadas de una terraza, por el bullicio próximo a la catedral, prefiero quedarme aquí, intentando escudriñar un poco el gesto lejano del político astuto y sagaz, que supo ver como la industrialización llegaba al sur de Galicia, pero no así a Compostela. Su apoyo para que la ciudad contara con una primera línea de ferrocarril o edificios como el  de la Facultad de medicina o el que es hoy en día sede del Parlamento de Galicia, entre otros, son muestra de su labor de promoción y protección. 

Un rato después, y a pesar del frío, intentaré localizar la modesta casa donde nació el abogado y político compostelano.  Una amable señora, a la que interrumpí su tranquilo paseo,  me indicará: “Mire, ten que baixar esa costa…” Expresión  que podría servirme para otra metáfora  sobre las fórmulas de ascenso social en pleno siglo XIX y el clientelismo político propio de aquella época, del que Montero Ríos fue uno de sus máximos exponentes. Ahí dejo la idea para otro (posible) post. 

Hasta el próximo día.

P.S.: En la fotografía, la estatua de Montero Ríos en Mazarelos. Eugenio Montero Ríos fue ministro de Gracia y Justicia; ministro de Fomento; presidente del Senado y presidente del Consejo de Ministros. Se considera uno de los autores del movimiento codificador del siglo XIX, junto a Manuel Alonso Martínez.



DE PASEO POR EL SIGLO XIX
13/03/2017
BLOG (NO SOLO) DE DERECHO
Tarde o temprano se aprende que la vida es mejor cuando se saca hierro a casi todo, y se sustituye por sentido del humor.

Lo que no quiere decir que el día a día no venga acompañado de sus contratiempos. Porque a la incertidumbre del mundo actual que no se sabe muy bien a dónde va, hay que añadir las miserias humanas –las propias y las ajenas- que sí sabemos a dónde llevan.

Aristóteles hace ya mucho tiempo que nos enseñó para siempre que somos animales sociales, lo cual tiene sus ventajas pero también sus inconvenientes. Así que, abra usted la puerta de su casa, ponga un pie en la calle cada mañana y dispóngase a aguantar con mayor o menor paciencia, cosas como el alarde, la envidia, los ecos del chisme y la rumorología, y demás variantes con las que el ser humano exterioriza sus frustraciones y complejos.

Josep Pla escribió en “El cuaderno gris” que cuanto más pequeño es un pueblo, más fuertes son los estragos de la proximidad de la gente. Reflexión que refleja su inteligencia y perspicacia, y que no parece que deba ser interpretada con demasiado optimismo por los urbanitas. Al revés.

Pero volvamos al humor. Ante determinadas miserias, siempre que no lleguen a cosas mayores, la mejor opción es reírse. Que, por cierto, ya hay quien dice con indudable acierto, que el humor es una forma superior de inteligencia. Y paradójicamente, porque la vida encierra en casi todo clamorosas contradicciones, las personas con más agudo sentido del humor suelen ser serias.

La Historia, al igual que la Literatura - las Humanidades, en general- atesoran valiosas lecciones sobre el comportamiento y la naturaleza humana. Su valor es incalculable y su utilidad extraordinaria, porque por mucho que la sociedad avance en diversos planos, el ser humano fue, es y será siempre, indefectiblemente, el mismo.

Mary Beard, la prestigiosa catedrática de Clásicas de la universidad de Cambridge, en su visita a España en 2016 para recibir el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, contó un chiste que además de hacer reír, hace pensar en la complejidad de las relaciones humanas. 

“Va un romano y se encuentra con un amigo cariacontecido.
- ¡ Pero si me habían dicho que te habías muerto!
- Pues ya ves que no, estoy vivito y coleando.
- Mmm…, no sé, no sé, es que me fío mucho del que me lo contó”.


P.S.: Josep Pla empezó a escribir "El cuaderno gris", cuando era estudiante de Derecho. Hasta el próximo día.



DEJE QUE ME RÍA
22/12/2016
BLOG (NO SOLO) DE DERECHO
Imaginemos.

En el interior de una oficina-escondrijo, a la que nadie prestaría atención por fea y destartalada, se gestiona la magia de la auténtica Navidad.

Allí llegan las tarjetas más curiosas. Tras pasar una dura selección, se atiende un número muy limitado de peticiones. 

Algunas de las seleccionadas son postales en blanco. Sus remitentes no escriben nada. No piden nada. Ceden sus deseos a los demás.

En otras, se limitan a escribir en unas escuetas líneas: “ No necesito nada por ahora.  Si acaso, algo de la magia que gestionan ustedes desde ahí. El resto no me interesa”.

Y los que se explayan un poco más, cuentan cosas como esta:  “ Me dirijo a los encargados de la oficina-escondrijo de Navidad, que yo sé que existe aunque no pueda verla. En realidad, no les escribo para pedirles más luces, ni más adornos. Tampoco más frases hechas, y un tanto azucaradas, propias de esta época del año. Todo está suficientemente adornado. Y en cuanto al azúcar, es suficiente con el de los postres, que tienen bastante, por cierto. Lo que me gustaría es, algún remedio para ese desencanto que nos invade a partir del 7 de enero. Cuando las luces se apagan. Y pienso ¿todo esto era la auténtica Navidad?”. 

La oficina les contesta. Siempre. Con un breve y optimista mensaje:

“ Los responsables de esta oficina-escondrijo, aparentemente destartalada y fea, escondida entre las estrellas, hemos sentido una inmensa alegría al recibir su tarjeta. Por supuesto, le enviamos la magia”.


Desde Mondoñedo, ¡Feliz Navidad! a todos los lectores del blog.



P.S.: Y la foto de hoy, la playa de Llas (Foz) en diciembre.


FELIZ NAVIDAD
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