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29/08/2018
BLOG (NO SOLO) DE DERECHO
               
                       
                                                                        - ¿ Abogado, eh? Yo te enseñaré la ley…del Oeste
                                                       
                                                                            (El hombre que mató a Liberty Valance. John Ford.)





Siempre hay un tiempo, aunque sea pasado, para parecerse a Ramson. Para llegar al desierto en diligencia.

Ramson Stoddard, ese inexperto abogado que se dirigía a Shibone con un pesado e inútil libro de leyes. El idealista que poco antes de llegar al pueblo aprende qué significa el desierto. El escepticismo que rodea un mundo difícil e inhóspito que no cree en nada, y  menos aún en las leyes. Salvo en una, claro. La ley del más fuerte.

Pocas lecciones de filosofía del Derecho superan en concisión y claridad a las dadas por Liberty Valance  y Tom Doniphon con una zancadilla, un filete y una cuenta.

“Tres contra uno”, dice Liberty. “Tres contra dos”, le aclara Tom Doniphon. “ Es mi filete, Valance. Recógelo". La libertad y sus límites: los derechos de los demás. Liberty.

Y llega otro mundo en ferrocarril y gana la batalla.

Una población que busca organizarse social y políticamente, que quiere derechos que les protejan. Frente a un mundo viejo, anárquico, provisto de una única ley, que agoniza irremediablemente en un desierto inmóvil.

Nunca el cine nos permitió apreciar tanto significado en un simple cactus.

Usted es joven. Usted solo sabe cosas desde que llegó el ferrocarril. Antes era distinto. Yo llegué en diligencia”, comenta el abogado, que después fue gobernador. Ahora es el senador Stoddard.

Como en todas las ironías que traza el destino, es el senador Stoddard quien consigue al final de la película que los escépticos seamos nosotros.

En realidad, "El hombre que mató a Liberty Valance", es también una metáfora de la nostalgia.

Y es que cuando se rodó, ni siquiera el cine era ya en blanco y negro. 

P.S.: Hasta el próximo día.



 
LA LEY DEL OESTE
18/12/2017
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                        "Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. (El Gatopardo. G.T. di Lampedusa)


El mortecino y frío sol de diciembre acentúa la sombra que se proyecta sobre la estatua en recuerdo del abogado y político compostelano, Eugenio Montero Ríos. Todo personaje controvertido refleja  severos contrastes. 

También como una metáfora visual de los hitos fundamentales del siglo XIX a pocos metros de allí, se alza la casa en la que nació el canónigo Antonio López Ferreiro. Y una no puede dejar de ver en esa línea imaginaria que los une y separa, una representación de la resistencia que la Iglesia ejerció contra la instauración de la legislación liberal que con suma habilidad promovió Montero Ríos, y que supuso el derrocamiento del juego de fuerzas y poder  propio del Antiguo Régimen.


A este lado de la calle, en el interior de los muros de esta casa de apariencia sólida y austera, vino al mundo López Ferreiro. Al leer retazos biográficos del historiador y canónigo, llaman la atención su constancia y abrumadora capacidad de trabajo, su prodigiosa memoria y su erudición. En una fría noche de enero de 1879, y tras días de excavaciones en la catedral compostelana, el canónigo encontró los restos del Apóstol, que había escondido siglos antes el arzobispo San Clemente. Supuso el renacer de la peregrinación a Compostela.

Como no cambio este silencio apenas truncado por el tránsito lento de unos pocos coches o las risas apagadas de una terraza, por el bullicio próximo a la catedral, prefiero quedarme aquí, intentando escudriñar un poco el gesto lejano del político astuto y sagaz, que supo ver como la industrialización llegaba al sur de Galicia, pero no así a Compostela. Su apoyo para que la ciudad contara con una primera línea de ferrocarril o edificios como el  de la Facultad de medicina o el que es hoy en día sede del Parlamento de Galicia, entre otros, son muestra de su labor de promoción y protección. 

Un rato después, y a pesar del frío, intentaré localizar la modesta casa donde nació el abogado y político compostelano.  Una amable señora, a la que interrumpí su tranquilo paseo,  me indicará: “Mire, ten que baixar esa costa…” Expresión  que podría servirme para otra metáfora  sobre las fórmulas de ascenso social en pleno siglo XIX y el clientelismo político propio de aquella época, del que Montero Ríos fue uno de sus máximos exponentes. Ahí dejo la idea para otro (posible) post. 

Hasta el próximo día.

P.S.: En la fotografía, la estatua de Montero Ríos en Mazarelos. Eugenio Montero Ríos fue ministro de Gracia y Justicia; ministro de Fomento; presidente del Senado y presidente del Consejo de Ministros. Se considera uno de los autores del movimiento codificador del siglo XIX, junto a Manuel Alonso Martínez.



DE PASEO POR EL SIGLO XIX
09/07/2017
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Imaginemos.

Abogado. Setenta años. A un año de su jubilación. ( O no, dichosa vocación). Serio. Correcto. Y otro año más está dispuesto a enseñar tácticas y habilidades profesionales a dos nuevos graduados. 

Cuatro graduados en Derecho esperan a ser entrevistados. Llegó el momento.

El abogado, serio y correcto, observa.

Dos chicas recitan sendos artículos de la ley de enjuiciamiento civil .

- Usted. (Le dice a la siguiente). Hábleme de Atenea.

- ¿Atenea? … Fue una diosa... (Y piensa en su mala suerte. Que me pregunte quién fue Atenea, cuando la entrevista constaba de varias preguntas de Derecho procesal. Esto es injusto).

-  A ver… Diosa guerrera... ¿Qué más? Siga. Compruebo que no tiene ni idea.

Las dos jóvenes graduadas contemplan seguras y con gesto de satisfacción la escena.

- (Silencio). Diosa… repite nerviosa la joven graduada. (Silencio). Mire... (titubea), no sé nada más de Atenea, pero estas no eran las normas de la selección. Se trataba de responder a varias preguntas de Derecho Procesal. ¿Qué tiene que ver una diosa de la mitología griega  con la abogacía? (Dice la joven graduada, mientras sostiene la mirada al abogado. Setenta años. A un año de su jubilación. Serio. Correcto).

En el desordenado despacho del abogado, un chico espera el turno a ser examinado. Mientras que su compañera continúa con su defensa de los criterios de selección para el examen, echa una ojeada rápida a Google.

Atenea. Hija de Zeus. Sabia guerrera. Patrona de la inteligencia y de la guerra. No representa la guerra en su lado más oscuro y brutal, sino la táctica y destreza bélicas. Diosa de ojos glaucos. Representa el anhelo de saber.

- Ya he tomado una decisión. Usted y usted se quedan. Ustedes no. Es cierto que saben recitar muy bien los artículos de la ley, pero en la batalla se respeta siempre al contrincante. Cuando hayan aprendido eso, volveremos a hablar y a lo mejor, si aún no he perdido la poca paciencia que me queda, aceptaré que se queden.

- Usted se queda. Es cierto que querer ser abogada, y desconocer qué representaba Atenea, para mí es un error. Pero ese error puede sanarse. Pese a no saberlo, se queda. Podía haber claudicado. O lo que es peor, abandonar el despacho cabizbaja, lamentándose. Pero no. No se rindió. Aguantó. Además, no dudó en alegar lo que consideraba era contrario a las normas de selección.

Tiene cualidades para intentar convertirse en una buena abogada. Adquirir destreza profesional dependerá de usted.

- Y usted. El que no fue examinado, se queda. Supo jugar con habilidad. Aprovechó el tiempo muerto. Pero por supuesto, sepa usted que soy consciente de que no ha sido examinado. Tuvo suerte. Pero no siempre la tendrá. Y entonces podremos comprobar si tiene realmente cualidades.

Los jóvenes graduados salen del despacho. Entre las montañas de libros, escondido, un pequeño libro. Subrayado a lápiz, un capítulo: Atenea, sabia guerrera. 

P.S.: Hasta el próximo día. 
ATENEA, DIOSA GUERRERA
C/Pintor Laxeiro, 5, 2°D, 27780 Fozinfo@mariagacioabogada.comAviso Legal